martes, 7 de abril de 2009

El silencio de la mayoría silenciosa


A partir de los sucesos de todos los días, cuando las ocupaciones nos dan un respiro es posible que muchas personas puedan darse cuenta del poco valor que tienen las palabras y las ideas de nuestros dirigentes. Parecería ser que lo que ahora llaman pragmatismo, se lleva a las patadas con sus propios dichos.

La revolución social en la que vivimos “avivada” por los discursos encendidos de prepotencia, de avasallamiento de las libertades, de odio por los que no piensan como uno, es producto de la desaparición del pacto de convivencia que nos ha cobijado como sociedad. Este pacto está conformado por las normas que nos permiten vivir en sociedad, las leyes que nos rigen, la constitución que tanto nos obliga como nos otorga derechos individuales y sociales.
El resquebrajamiento de este plexo ha dado lugar a que el respeto por las instituciones sea un verdadero concepto de la era mesozoica.

Que lejanos parecen ahora aquellos tiempos en los que Eduardo Lorenzo, alias Borocotó, al día siguiente de las elecciones en las que resultó beneficiado con una banca de diputado nacional, saltaba el cerco sin ponerse colorado y dejaba su partido hasta ese momento –el macrismo-, para “pasarse” al oficialismo kirchnerista. Todo sea por la familia, dicen que su hijo necesitaba gerenciar una obra social dado los intereses que tenía.

Tanto fue el impacto de aquel acto que, inmediatamente, se concibió un nuevo verbo: la borocotización, que consiguió inmediatos adherentes. Paso de la diestra centrista a la siniestra de la extrema izquierda. Seguramente ha habido hechos similares, pero nunca fueron tan frontales, ni descarados.

Fue tan brutal el éxito, que no solo se limitó a los cambios de personajes entre partidos, sino que también encontró un campo muchísimo más propicio en el área de las ideas y de los principios. El listado de las violaciones es largo, pero para no irnos tan lejos:

¿Cómo explicar, lo que ocurrió con las mal llamadas retenciones, bien llamados impuestos a la exportación a los productos agropecuarios?

¿Cómo entender que gobernadores que hasta ayer estaban en contra de este impuesto, hoy aparezcan totalmente alineados en la fila de los que firman para cobrar, apenas el gobierno les puso delante la zanahoria de coparticiparles unas migajas? Aún a pesar de la negativa de muchos intendentes y presidentes comunales a quienes la actividad les pega de lleno en sus comunidades.

No podríamos sustentar que lo que hasta ayer era un gravamen excesivo y pernicioso para la producción, causa del empobrecimiento del interior, base de la caída de la actividad económica, del aumento del desempleo, del cierre de fábricas y empresas, de la noche a la mañana se haya transformado en algo menos pernicioso solo porque se va a repartir una tajada.

¿Cuánto vale la convicción de un hombre si con apenas una “promesa” todo cambia drásticamente de color?
No se dilucidado si esta distribución con un DNU es constitucional, lo que sería lo de menos por lo que mencionamos sobre la poca importancia del orden establecido, tampoco cuanto es lo que se distribuirá, por la metodología del reparto mencionado en el DNU.

Este regalo discrecional es una ridiculez con respecto a lo que les correspondería si no existiera el impuesto. ¿O acaso, no les volvería la totalidad de esos ingresos vía el Impuesto a las Ganancias, que es coparticipable sin necesidad de ser genuflexos y apartarse de sus convicciones?

Parafraseando al Dr. Mariano Grondona, “genu” en lengua latina, significa rodilla, “flexio” significa flexión, la acción de flexionar, doblar o curvar. Literalmente significa arrodillado en señal de reverencia.
Cuanto hace que nuestros representantes federales se arrodillan para mendigar los que les corresponde por conformar la federal República Argentina.

¿Y dónde quedan ahora los seguidores y funcionarios de los gobernadores de las provincias argentinas? ¿Qué van a hacer en sus bancas, o en sus despachos de funcionarios?, como explicarán la “borocotización” de sus jefes, líderes, o mandantes.

Siguiendo con la violación de las normas, cabe destacar que últimamente los funcionarios nacionales hoy cuestionan los reclamos en las rutas. Recordemos que alentaron durante años a piqueteros y ambientalistas a que el país viva en jaque; a tener que hacer un curso de por donde se puede transitar cada vez que se sale a la calle, y que nos llevaron hasta a un conflicto con los vecinos por cerrar, durante años, un puente y ruta binacional.

¿Cuál va a ser la versión de los hechos que van a usar esos mismos funcionarios y legisladores durante los próximos meses, cuando la campaña proselitista esté en todo su apogeo? ¿Necesitarán darse vuelta nuevamente, para “atrapar” a ciudadanos distraídos, mintiéndoles sobre principios que evidentemente no tienen (salvo en épocas de campaña)?.

¿O ya, ni siquiera hace falta porque descuentan que a la población, en el fondo, todo le da igual? Sin duda el mayor éxito fue, para la Administración Unitaria Nacional que, desde el principio, ostentó el liderazgo del cambio de bando y de la traición a los principios, en favor solamente de la caja.

La complicidad de la sociedad

¿De qué sirve discutir los exabruptos institucionales del matrimonio presidencial y de sus funcionarios, si los argentinos, en su mayoría, los permiten y consienten sin siquiera esbozar la mínima protesta?
Por donde se mire, el escenario nacional presenta una imagen de decadencia generalizada. Todo huele mal. Y a tanto retroceso en los últimos tiempos cuesta explicarlo.

Hoy la mayoría de los políticos han comenzado a contar porotos como votos, se anticipan para armar listas pero en ningún momento tienen premura en ofrecer coherencia a la ciudadanía. Porque ya ni siquiera se demandan ideas, tampoco plataformas, menos aún promesas.

Mucho se ha mentido y la credibilidad, en consecuencia, ha disminuido hasta el escepticismo. Seguir creyendo ciegamente es como tropezar varias, demasiadas veces con la misma piedra; un signo malsano capaz de justificar que se nos traicione hasta el hartazgo sin que eso genere reacción o despierte conciencias.

En los últimos 6 años de “gestión” kirchnerista no ha habido respuestas concretas al 99% de los problemas que acosan a la ciudadanía, lo más probable es que tampoco haya soluciones palpables en el tiempo que deseen quedarse.

Establecer el 2011 como esa fecha sería lo lógico en cualquier país donde la política estuviera sujeta a leyes, normas y reglas. Es decir, donde una Carta Magna sirviera y se respetara sin excepciones maniqueas.

En estos días, sin ir más lejos, se volvió a ratificar que tal respeto es una anatema. El Gobierno hace y deshace según su conveniencia, avasalla derechos, desvirtúa la letra preclara de la Constitución Nacional, y rescribe la historia artificial y caprichosamente.

Poco útil resulta, en este contexto, detenerse a analizar las alianzas, planes, intenciones falaces o eventuales listas que aparezcan.
La preocupación u ocupación por respetar la base de una Nación no ha sido prioridad para el grueso de la gente, y la coyuntura siempre nos paralizó en un cortoplacismo decadente.

Siguiendo ese lineamiento, es harto conocido el modus operandi del oficialismo. ¿De qué sirve discutir si Néstor Kirchner puede o no ser candidato a diputado en la provincia de Buenos Aires? Aunque su postulación viole la mismísima Constitución o el Código Electoral vigente, polemizar acerca de esta posibilidad (consumada) es fútil porque la sociedad, en su conjunto, le ha permitido violarla y vaciar su contenido tantas veces como lo ha querido.

Tampoco habrá que rasgarse las vestiduras si regresan las cuasi-monedas o si, en una mañana de mal humor, desde Olivos decretan una suerte de estado de sitio o toque de queda por esa autoproclamada “cantinela destituyente” que es funcional, justamente, al mentor de la idea.

El panorama se erige así como una caja de sorpresas donde todo puede suceder mientras, el pueblo, lo avale con su silencio. Asumamos que hemos permitido por resignación, ignorancia, o inacción la metodología transgresora del matrimonio que gobierna.
¿Puede modificarse este vivir en ascuas y en un clima de gratuita violencia? ¿Es tarde para repararlo? Sin duda no lo es, pero esa reparación implica un cambio esencial en cada uno de los argentinos que también, como sus dirigentes, desprecia los deberes ciudadanos y hace de la Constitución un compendio de hojas en blanco. No en vano, resulta tragicómico observar cómo cierto microclima social avala los cortes de ruta del campo, y desdeña simultáneamente, los cortes de calles de piqueteros en el centro urbano.

Las contradicciones están distribuidas con equidad en la Argentina. Y mientras prime la conveniencia propia sobre las reglas, solucionar este desorden de cosas surge, apenas, como un sueño desvelado o un deseo a medias, esbozado de la boca para afuera. Por eso reinventar el país es una obligación de todos. Debemos participar, en principio sin faltar a nuestros deberes cívicos en las próximas elecciones y si no nos toca ofrecerse como fiscal.
La mayoría silenciosa debe empezar a hablar.
Norberto

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